F E S T I V I D A D de P E N T E C O S T E S
Ya hemos vivido los 7 domingos de la Pascua de Resurrección de Cristo Jesús, período de gracia y de alegría cristiana. Al cierre de este período Pascual vamos a celebrar ahora, la gran fiesta de Pentecostés, en recuerdo de la llegada del Espíritu Santo sobre los Apóstoles. Así es que qué mejor que hacer una reflexión previa al recordar las palabras de Cristo resucitado a sus Apóstoles:
“Cuando venga el Paráclito que Yo os enviaré de parte del Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, El dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio.” [S. J. 15, 26-27].
“Mas ahora, voy al que me ha enviado y nadie de vosotros me pregunta ¿A dónde vas? Antes, cuando os hablé de estas cosas, vuestro corazón se llenó de tristeza; pero os digo la verdad; os conviene que yo me vaya, porque si no me fuere, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, yo os lo enviaré. Cuando el venga, conocerá el mundo, en lo referente al pecado; en lo referente a la justicia, y en lo referente al juicio.
En lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo ya está juzgado.
Muchas cosas tengo que deciros, pero no podéis llevarlas ahora; pero cuando venga Aquel, el Espíritu de verdad, os guiará hacia la verdad completa, porque no hablará de si mismo, sino que hablará de lo que oyere y os comunicará las cosas venideras.” [SJ 16,5-13]
A continuación, nos vamos a enriquecer, citando del Libro de san Basilio Magno, Obispo, “La acción del Espíritu Santo”, en Liturgia de las Horas, Tomo II.
¿“Quien, habiendo oído los nombres que se dan al Espíritu Santo, no siente levantado su ánimo y no eleva su pensamiento hacia la naturaleza divina?
Ya que es llamado Espíritu de Dios y Espíritu de verdad, que procede del Padre; Espíritu firme; Espíritu generoso, Espíritu Santo, son sus apelativos propios y peculiares.
Hacia El dirigen su mirada todos los que sienten necesidad de santificación; hacia El tiende el deseo de todos los que llevan una vida virtuosa, y su soplo es para ellos a manera de riego, que los ayuda en la consecución de su fin propio y natural.
Fuente de santificación, luz de nuestra inteligencia, El es quien da de sí mismo, una especie de claridad a nuestra razón natural, para que conozca la verdad.
Inaccesible por su naturaleza divina, se hace accesible por su bondad; todo lo lleva con su poder, pero se comunica solamente a los que son dignos de ello, y no a todos en la misma medida, sino que distribuye sus dones a proporción de la fe de cada uno.
Simple en su naturaleza, diverso en su virtualidad, está presente en cada uno, sin dejar de estar todo El en cada uno, sin dejar de estar todo El en todas partes. De tal manera se divide, que en nada queda disminuido; todos participan de El, aunque El permanece intacto, a la manera del rayo del sol, del que cada uno se beneficia como si fuera para el solo, y con todo, ilumina la tierra y el mar y se mezcla con el aire.
Así también el Espíritu Santo está presente en cada uno de los que son capaces de recibirlo como si estuviera en él sólo, infundiendo a todos la totalidad de la gracia que necesitan. Gozan de su posesión todos los que de El participan, en la medida que lo permite la disposición de cada uno, pero no en la medida del poder del mismo Espíritu.
Por El, los corazones son elevados hacia lo alto, los débiles son llevados de la mano, los que ya van progresando llegan a la perfección; iluminando a los que están limpios de toda mancha, los hace espirituales por la comunión con El.
Y del mismo modo, que los cuerpos límpidos y transparentes, cuando les da un rayo de luz se vuelven brillantes en gran manera y despiden un nuevo fulgor, así las almas portadoras del Espíritu y por El iluminadas, se hacen ellas también espirituales e irradian gracia a los demás.
De ahí procede el conocimiento de las cosas futuras, la inteligencia de los misterios, la comprensión de las cosas ocultas, la distribución de dones, la unión de los coros angélicos; de ahí deriva el gozo que no termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y lo más sublime que imaginarse pueda, nuestra propia deificación.”
Preparado por J. Mendoza Q. - México, D.F. 19 mayo, 2010.